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Tres avisos

La hora de la verdad, sean tres avisos, apear la trapa, abrochar el esportón o apagar las luces que merodean los guindillas, se derriten los maquillajes intrépidos y se esfuman las ilusiones de tocar pelo.
Unos arrimándose a tablas y amagando tantos cambios de espada simulada como lingotazos asumidos; otros perdidos en florituras baldías y abaniqueos sin prestancia; los devotos de rizar el rizo adornándose eternamente y dorando la píldora con vanos trasteos poncistas; los nuevos en esta plaza con molinetes por único repertorio y los de la valentía etílica citando con camisa desabotoná a pitones abantos.
Los torerillos de presunta marca (mas falsa que los pecunios presumidos) con el síndrome del subalterno penoso dando mantazos a diestro y siniestro; mientras los duchos intentando clavar a sobaquillo, con ventaja y a toro pasado.
Los precavidos arrecogiendo las gallinas por si vienen los de Alba y, claro, la hacienda sin labrar. Los pesados autorreverse abusando del pico, la confianza y de las incautas, con los resultados habituales. Los aprendices de cossio tanteando la suerte con capotes a una mano huérfanos de criterio; los novilleros sin picadores desmonterados y saludando desde el tercio a las divas cinqueñas compartiendo fantasías de cortijos ensoñados; los varilargueros con solera saboreando, con retranca, puyazos autorecetados de petaca propia.
Y los maestros, vestidos por los pies, con calzado y verbo lustrados, hace tiempo que desfilaron abreviando con tres series y la tizona montada, cambiando de tercio sin desmonterarse; los artistas prescribiendo roblesinas con la mano y la faena escondidas y el puntillero de las Ventas, a lo suyo.
Del otro lado infructiferas las risas y sonrisas: algunas sobreviviendo el intento de arañar los últimos minutos de gloria; las ansiosas levantan el cartelón con el descuento reglamentario, las deseosas colgando y descolgando el bolso y las miradas; las quedonas con la casa sin barrer, y las timoratas más quietas que José Tomás al infinito y en la misma baldosa. Todas a régimen, se supone, porque más cornás da el hambre; con las chonis apretandose las emociones, la presencia y los bajos; las de siempre bailando con pilas duracel y sin conejito, con más aguante que las veteranas del Vietnan (haylas) y las más osadas enviando al portero a rematar el corner. Tres avisos, cinco minutos diría otro.
Los apoderados escuadriñando en distinto reloj la misma hora que las reinonas perpetuas;
los mozos de espadas resignados y aburridos para variar; el ayuda desenfundando gomitas con discreción por si hubiera que brindar al sol y los areneros perdidos con su rastrillo tan constante como yermo.
Los gallardos camuflados tirando la caña en río revuelto.
Los amaneceres encintos de espirituosos, humos variados y virilidad mal entendida son el peor de los maridajes cuando se pasan tres pueblos, con y de la raya en la búsqueda del gol solitario, con la mano, en fuera de juego y en el último minuto (preguntáselo a Henry)
Y pensar que el único verdaderamente dispuesto, gallardía aparte, es el alguacilillo y ni p… caso, apostao en el quicio de la puerta grande, que finiquitará, sin destocarse, apuntándose a un bombardeo o lo salga por toriles.

"Chanel, cocaína y Don Perignon"
(S. Méndez, R. Puigdomenech y J.M Sanz) por Loquillo y Los Trogloditas, en La Mafia del Baile, 1985

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