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Otrora musica celestial

Otrora musica celestial ora rayada banda sonora para diablas, diablillas y diablesas, infierno al fin y al cabo.
Tócala otra vez, amigo, tócala. No preguntes, simplemente toca aunque no tengas los dedos (y otras cosas) de Sam: la música (melómanos aparte) es del agrado del olimpo, ninfas y divas con pretensiones.
Bob y el "Mano lenta" llamaron a las puertas del cielo. Testigo de excepción, estuve allí, ¿dónde estabas tu? ¿dónde estaban ellas? ¿en sus aposentos?, ¿en los tuyos? ¿en aposentos neutrales?
Acaso en aquellas salidas impetuosas recorriendo cuantas veces hicieran falta mil y un ruedos, rematando en burladeros y ventanas por doquier, saltando talanqueras imposibles, atendiendo todos los capotes habidos y por haber, para devenirse emplazadas, en los medios, absurdas querencias o recular en tablas y a la espera; donde creías eternos manantiales de embestidas pastueñas, besos, vino y rosas encontraste (en otros tercios) ralladuras y rayaduras, tornillazos, gañafones y vinagres cotidianos, mientras variaban más de terrenos que de ropa interior.
Y reparaste entonces que la trampa fue la escotilla de su corazón, mirando las miradas astifinas inspectoras de reojo y contrabarreras; miradas con gafas de sol en tendidos de sombra.
Recuerda, amigo, recuerda, para volar no necesitas alas, para soñar no necesitas sueño, ni piolet para conquistar montañas, aún más sencillo para esquiar no se necesita equipación (no darse por aludid@s)
Cierra los ojos: disfruta, no es una orden: es una sugerencia de presentación.
El resto sería discutir memeces, mientras vida, gozo y placeres se deslizan en silencio, dejándose querer cuando son recibidos con los brazos (entre otras cosas) abiertos.
¿a qué o quién se espera?
Por si acaso: de justicia es (aunque sea harina de otro costal), recordar que Costillares inventó el volapié allá por el siglo XVIII)
Pues eso.

"Knockin´on Heaven´s Door" (Bob Dylan, 1973), infinitas versiones.

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Confieso

Me gusta el queso, a solas, el membrillo sin beso; las zamburriñas y bivalvos análogos, con o sin vino blanco, en salsa o al tacto.
Los amaneceres con brisa, hacer luna, dibujar en los senos, cosenos y espaldas, mirar tumbado al techo con media sonrisa luego los deberes hechos.
Y por qué no: el ibérico, consentido de pata negra y buen corte, sin excusas de género o racismo, con tinto regado de mejor manera.
(Me) confieso entusiasta del buen paladar, mejor yantar y excelso catar.
Me gustan los horizontes lejanos, el futuro cercano, los atardeceres rojos, los andares cadenciosos, los tacones silentes, las palabras esparcidas y rebuscar en el color de sus ojos; las caderas elocuentes.
En otras confesiones, los momentos sin mayores ambiciones que pequeños placeres cotidianos, tan lejos y sin embargo al alcance de la mano.
Confieso indiferentes las velas, las burbujas y los papeles; mejor momentos hilvanados que obligados, bien a salto de mata, rutinas al escape y miradas desvestidas con la prisa del fuego lento.
Los ratos urgentes con paciencia, sin salida ni medida apuntados a lápiz y pistola, sellados con milímetros de piel al dente.
Dispensas sin concesionario, medallas, discursos, bailes, escaparates o menciones. Obligaciones las naturales e imprescindibles.
Confieso el gusto por sandías, melones y cucurbitáceas afines. Asomarme a esos balcones cargando la suerte desmayada sin el plácet de sus perdones.
Confieso llegar al postre en condiciones, con el cometido cumplido. Para que no quepan dudas afirmaré que ha sido una (entre otras) de las mejores recomendaciones.
Confieso ser un adicto con adicciones sin falsas emociones ni concesiones, confesonarios, ambiciones, tópicos, flores o diarios.
Soy muy simple: me gusta lo mejor.
Digan lo que digan (lo dicen y lo dirán)
Lo confieso.

"Town called malice" (Paul Weller, 1982) por The Jam en The Gift.