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Libre de cornadas

El que este libre de cornadas que tire la primera piedra…hubiera dicho el evangelista Juan si la tauromaquia hubiese existido entonces.
Más cornás da el hambre decía el Espartero, con 15 cornás del siglo diecinueve hasta que el miura Perdigoón (cuando eran miuras de verdad) se lo llevó por delante antes de los 30 años.
y Dios da pan a quien no tiene dientes… dice el refrán…
¿En que quedamos?
Si, la cornada definitiva… con cinco trayectorias, una sube, otra baja, otra ataca la femoral, otra donde más duele: el alma; la que cala hondo y es irreversible.
Va a tener razón el Espartero, que el regimen cuando es involuntario el hambre se lleva faltal.
Advertidos estais, y luego dais el si quiero, a ver que remedio, que tiempo después las cosas o no se llegar a entender o se entienden perfectamente...



“Libre de pecado” (E. Ibarra) por Mimi Ibarra en su disco Compositora, Cantante, Mujer, 1997

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Tampoco importa

Descolgó (él) los zapatos del perchero, ¡que importaba el garito!, ni el resto del mundo, observadores directos o indirectos. Ella era concsciente, preciosa y lo sabía. El, afortunado (nunca mejor dicho) era consciente de su fortuna y de ella; ambos objetos del deseo, deseo de ese mundo avizor, ellos con descaro, ellas con ladino disimulo y envidia oculta.
Ella, rubia sin importancia y con prestancia, de y con mirada suficiente y exclusiva para su afortunado, bailaba descalza; él, ¡que podía importar ! hacia el indio (me perdonen especialmente los arapahoe). Tampoco importaban los hipotéticos cristales en el suelo de la noche, resbaladizo hasta el amanecer y, a más decir, aquella noche no importaba nada, casi nada, incluída la desapercibida y eclipsada camarera de brazos tatuados y senos más que generosos, tetas grandes, vulgar, muy vulgarmente hablando para que llamarse a engaño.
La banda sonora de la noche, de aquella noche era irrelevante para oídos sordos oscurecidos por ojos hambrientos del mismo y único deseo.
El afortunado colocaba con mimo los zapatos a los pies de ella y estos los discriminaban con disimulo una y otra vez, no querían romper ni finiquitar la noche. Tampoco importa si eran Manolos, (posiblemente) o Ferragamos, giraba, giraba el mundo a sus pies, arriba y abajo al ritmo de su aliento, tan sofisticado como su discreta sonrisa. A quien le importa… cantaba Alaska, escribía Berlanga Carlos y asentía Nacho Canut, a quien… pero importaba a todos y todas (aunque no lo pareciera) aquella noche presentes, ellos ávidos de detalles furtivos y sueños imposibles y ellas de atar en corto y con doble nudo (tampoco lo parecía)
En ello estaban y ella se calzó con elegante mimo sus zapatos deslizándose en un adios con el ego y los ojos sonrientes. El afortunado saludaba desde el tercio con ademanes de casa real europea en decadencia.
Y se acabó. Aquella noche no hizo falta que los municipales aguaran (por ser fino) la fiesta ni que el cuarto árbitro sacara el cartelón con el descuento. El pescao estaba vendido y lo afirma quien suscribe, precursor de las vueltas de reconocimiento antes de que las fórmula uno llegara a las vidas de los demás y de que hubiesen inventado los cuartos árbitros.

“ A quien le importa” (C. Berlanga, I. Canut y O. Gara) por Alaska y Dinarama, en Deseo Carnal, 1986