Tampoco importa
Descolgó (él) los zapatos del perchero, ¡que importaba el garito!, ni el resto del mundo, observadores directos o indirectos. Ella era concsciente, preciosa y lo sabía. El, afortunado (nunca mejor dicho) era consciente de su fortuna y de ella; ambos objetos del deseo, deseo de ese mundo avizor, ellos con descaro, ellas con ladino disimulo y envidia oculta.
Ella, rubia sin importancia y con prestancia, de y con mirada suficiente y exclusiva para su afortunado, bailaba descalza; él, ¡que podía importar ! hacia el indio (me perdonen especialmente los arapahoe). Tampoco importaban los hipotéticos cristales en el suelo de la noche, resbaladizo hasta el amanecer y, a más decir, aquella noche no importaba nada, casi nada, incluída la desapercibida y eclipsada camarera de brazos tatuados y senos más que generosos, tetas grandes, vulgar, muy vulgarmente hablando para que llamarse a engaño.
La banda sonora de la noche, de aquella noche era irrelevante para oídos sordos oscurecidos por ojos hambrientos del mismo y único deseo.
El afortunado colocaba con mimo los zapatos a los pies de ella y estos los discriminaban con disimulo una y otra vez, no querían romper ni finiquitar la noche. Tampoco importa si eran Manolos, (posiblemente) o Ferragamos, giraba, giraba el mundo a sus pies, arriba y abajo al ritmo de su aliento, tan sofisticado como su discreta sonrisa. A quien le importa… cantaba Alaska, escribía Berlanga Carlos y asentía Nacho Canut, a quien… pero importaba a todos y todas (aunque no lo pareciera) aquella noche presentes, ellos ávidos de detalles furtivos y sueños imposibles y ellas de atar en corto y con doble nudo (tampoco lo parecía)
En ello estaban y ella se calzó con elegante mimo sus zapatos deslizándose en un adios con el ego y los ojos sonrientes. El afortunado saludaba desde el tercio con ademanes de casa real europea en decadencia.
Y se acabó. Aquella noche no hizo falta que los municipales aguaran (por ser fino) la fiesta ni que el cuarto árbitro sacara el cartelón con el descuento. El pescao estaba vendido y lo afirma quien suscribe, precursor de las vueltas de reconocimiento antes de que las fórmula uno llegara a las vidas de los demás y de que hubiesen inventado los cuartos árbitros.
“ A quien le importa” (C. Berlanga, I. Canut y O. Gara) por Alaska y Dinarama, en Deseo Carnal, 1986

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