Otra historia
Aquella noche el maestro había decidido no indultar. Ya en el patio de cuadrillas (con la formacion habitual) se apuraba risueño al darse lumbre pa gozar el cigarrillo de la verdad, gustándose, con retranca, inspiración y pose torera, que no solo por los andares se conoce a los toreros güenos. Mientras, dejaba que el humo se escapara el contralud de la inspiración cortando los murmullos y las risas tontas de las ansiosas.
A ese contraluz su picador lustraba la mona con el dorso de la manga, apoyao en el quicio de la misma noche, al son de los brillos de su chaquetilla, apurando en sorbos cortos.
Ya en el ruedo, se tocó con ganas la montera, previo al paseillo, con andares garbosos, estirandose con gusto. Miraba de reojo los papelillos (¡que fino el papel!, que fino) arrebujaos y quietos en un rincón junto al estribo de la barrera y al tendido.
En la lidia mostaba disposición en quites ajenos y reglamentarios, la paciencia de cerrar terno.
Se abrió el portón, y se inutilizó para la lidia la primera, hubo de correrse turno, y la sobrera de primeras salió suelta, abanta y costó pararla. Clarines y timbales, tercio de varas, se trabajó el fijarla e hizo ademán de cantar la gallina saliendo suelta sin atender a engaños en varias vueltas de reconocimiento.
El piquero que guardaba puerta citó en segunda instancia y de lejos a con la barbilla, palo arriba, como mandan los cánones, dando la voz: y se vino solita, a favor de querencia, aprentando pa' los adentros. Puso un picotazo antológico en justa medida y colocación, dando salida sin carioca ni abusar, y, allí, personalmente, el matador se la llevó por chicuelinas ajustadas, abrochando con una media ceñida, pasandosela cerquita, muy cerquita.
Rompió a embestir en el quite, el maestro se desmonteró sin dudar mientras el coso rompia en miradas y palmas.
En ello el subalterno encargado de la lidia se la llevó mimosamente al burladero de la segunda suerte, dando toquecitos de atención mientras el maestro se disponía, apuraba el vaso y se matizaba el brindis, porque lo había.
Acabado el tercio y presto a retirarse con discreción el piquero de guardia saludó castoreño en mano arriba, guardandose la ovación en la chaquetilla, cabeceando con parsimonia, cabalgando hacia la puerta de cuadrillas a ritmo de trote cochinero, ajustándose sin prisas el barbuquejo. La plaza en pie. La mona lustrada brillaba al sol del poniente. La sonrisa no le cabía en ningún sitio.
El resto no tuvo historia aunque la tuvo: lo habitual en el maestro, brindis ceremonioso, muleteo breve e intenso, con suavidad, arte y quietud, por descontado, precisión con los aceros: lo suyo bien dao.
Pues eso, otra historia.
“Another day” (J. Lidell) por Jamie Lidell en su disco JIM. 2008
A ese contraluz su picador lustraba la mona con el dorso de la manga, apoyao en el quicio de la misma noche, al son de los brillos de su chaquetilla, apurando en sorbos cortos.
Ya en el ruedo, se tocó con ganas la montera, previo al paseillo, con andares garbosos, estirandose con gusto. Miraba de reojo los papelillos (¡que fino el papel!, que fino) arrebujaos y quietos en un rincón junto al estribo de la barrera y al tendido.
En la lidia mostaba disposición en quites ajenos y reglamentarios, la paciencia de cerrar terno.
Se abrió el portón, y se inutilizó para la lidia la primera, hubo de correrse turno, y la sobrera de primeras salió suelta, abanta y costó pararla. Clarines y timbales, tercio de varas, se trabajó el fijarla e hizo ademán de cantar la gallina saliendo suelta sin atender a engaños en varias vueltas de reconocimiento.
El piquero que guardaba puerta citó en segunda instancia y de lejos a con la barbilla, palo arriba, como mandan los cánones, dando la voz: y se vino solita, a favor de querencia, aprentando pa' los adentros. Puso un picotazo antológico en justa medida y colocación, dando salida sin carioca ni abusar, y, allí, personalmente, el matador se la llevó por chicuelinas ajustadas, abrochando con una media ceñida, pasandosela cerquita, muy cerquita.
Rompió a embestir en el quite, el maestro se desmonteró sin dudar mientras el coso rompia en miradas y palmas.
En ello el subalterno encargado de la lidia se la llevó mimosamente al burladero de la segunda suerte, dando toquecitos de atención mientras el maestro se disponía, apuraba el vaso y se matizaba el brindis, porque lo había.
Acabado el tercio y presto a retirarse con discreción el piquero de guardia saludó castoreño en mano arriba, guardandose la ovación en la chaquetilla, cabeceando con parsimonia, cabalgando hacia la puerta de cuadrillas a ritmo de trote cochinero, ajustándose sin prisas el barbuquejo. La plaza en pie. La mona lustrada brillaba al sol del poniente. La sonrisa no le cabía en ningún sitio.
El resto no tuvo historia aunque la tuvo: lo habitual en el maestro, brindis ceremonioso, muleteo breve e intenso, con suavidad, arte y quietud, por descontado, precisión con los aceros: lo suyo bien dao.
Pues eso, otra historia.
“Another day” (J. Lidell) por Jamie Lidell en su disco JIM. 2008

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