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Barría

No se había abierto la puerta de chiqueros y ya barría el albero con sus encantos; la chaquetilla en los altares y la taleguilla apretada; aun calentaban los clarines, timbales, cimbreles… y citaba con la muleta de su presencia y la sonrisa por delante.
Papelillos y pelillos al viento con emociones perfumando las barreras caras y el burladero de autoridades, donde azoradas las conjugaciones, poder se pronuncia con jota.
Aun no se había despejado la plaza e indagaban con ahínco las yerbas cumplidas y los guarismos en los costillares y, en ausencia de puntualidad taurina, deslumbraba la orejisana tabaco y oro al compás de las cinco en punto.
No había repartido suerte el paseíllo y se suspiraba una puerta grande de par en par; no estaba hilvanada la divisa y clandestinamente se aclaraban los elásticos de la ropa interior.
No estaba en sus sito el esportón y si ubicados los capotillos de paseo, buscando faena de la raya pa’ fuera, y abrochar las cinturas en el embroque.
Entre tanto, otras miradas escaneaban callejón y tendidos ansiosas de andares hipnóticos, muriéndose por ver hasta ser vistas atendiendo, incluso a capotes distraídos.
Con la verdad de la hora en punto y la suerte repartida al aire del cielo e intenciones urbe et orbe, se aposentó el brindis de la impaciencia, en los medios del miedo y la montera boca abajo, sin mirar pa’ atras.
De lejos despuntaron las embestidas con guasa de sus curvas imposibles. Ensayadas trincherillas de cartel taurino entre súplicas urgentes de noches de luna infinita bajo de un sol de justicia, en la frontera, sólo en la frontera, de su talle.
Cargando la suerte de la falsa pasión se vino la plaza entera y toreada, lustraba la arena de caprichos, a fuego y cámara lenta, mientras la quietud de la tarde proyectaba su sombra allá donde la espalda apura su nombre.
Y no cabría la música callada del toreo donde brotaba la banda sonora de la vida que otros suspiraban a borbotones.
Merodeaban mansos, bueyes, cabestros y bobinos variados, puntilla in mente, cara de poquer en mano y la entrepierna desarmada.
No busques si hubo trofeos, vuelta al ruedo, indulto o banderillas de fuego del color de una tarde incendiada por el trapío.
Todo pareció quedar en besos por chicuelinas, eso si apretados y un cambio de tercio, sin desmonterarse, total, ¿para qué?


“El Caramelo” (C. París) por Carmen París en Incubando (2008)

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