El otro Morante
El otro Morante, como el otro José Tomás o los otros Yors Cluni también sueñan faenas en do mayor, menor, o simplemente grandes faenas en plazas de quinta división. No es el caso.
El lector/a notará las omisiones del sorteo y apartado, los nervios de la hora en punto, el paseillo, la salida de chiqueros y alguna más. ¿Se acuerda alguien en las faenas cumbre? Pues eso, con ese.
Desde que se abriera el portón de chiqueros ( e incluso antes) y después de dar un par de vueltas de reconocimiento al ruedo (consejo de su cuadrilla) masticando nervios con ansiedades y por dudú la esclavina del capotillo de paseo, recordó (buena memoria) que se había vestido por los pies, (como se visten los valientes güenos) y sin momentos de duda (si, sin duda alguna y digno de crédito visa oro), le vino a la mente una faena pergueñada entre sábanas de satén y ovaciones entreabiertas, ensayada en otros alberos, mirando a cielos de escayola por bulerías.
Y narraremos primero el brindis…
Se arrimó (fundamental en esta temática) a la barrera y empinando las zapatillas sobre el estribo, atornilló un brindis hondo y sin prisas a una oreja amiga (más tarde sabríamos a quien, ahora omito incluso las iniciales iniciales y el tipo de vaso con número de hielos al uso), garabateando una sonrisa y lanzando la montera al tendido sin mirar por el retrovisor.
La brindada recogió la montera rebosante de códigos secretos vertidos por las evocadoras palabras (precaución con los servicios secretos, amigo) y su mirada pastueña, mientras se alejaba, andando en maestro , con parsimonia y pavoneo discreto al centro del anillo (del ruedo, no pecar de ansiedad y malos pensamientos, deseosas), recreandose en la suerte, la habida y por haber..
Y no tardó construir la faena, decidido (si, insisto donde haga falta, pueden creerlo) con el capote se la pasó ajustada y con repertorio a elegir. Ahorremos en descripciones. Generoso en quites y detalles (norma de la casa), la puso en el caballo a una mano genuflexamente torera. Recibió tres puyazos tan cortos como bien puestos, y recetados en su sitio, prometedor preludio, para no castigar en vano.
Con el obsequio de un nuevo quite clavó la barbilla en su pecho, citando de cerca abriendo el compás y bajando la mano para acariciar las guadañas astifinas que lustraban el albero. Rugían los olés , se escuchaba la música de faena grande enmedio de magnas verónicas con enormes mayúsculas y el aire de la eternidad sin documentos. La media para enmanrcar pero no hará falta, se grabó en el recuerdo (y si procede se vera en yutube)
El intermedio de esos pitones, la tez altiva y la espera (y emociones contenidas) en los medios, preparados para planear sin fin, controladores y gendarmería mayor, espías incluidos.
No recuerdo si fueron miradas o cambios de tercio, o ambas cosas. Igual da. El arrebato de la pasión colocó en sus manos tres pares de banderillas, clavadas en el morrillo, dando ventaja y asomandose mas cerca que nadie al balcón de todos los deseos, saliendo despacito y gustándose, tiempo habría para salir corriendo y negarlo todo.
Otra mirada o cambio de tercio, sigue dando igual. Y entonces se encaminó a la barrera ( no confundir con la del segundo párrafo) y tomó los trastos y con la espada de verdad ( la mejor del esportón) se dirigió a la autoridad y esas cosas (tan escrupuloso con los reglamentos, como de costumbre) para que lo cortés no quite lo valiente, aunque los tiempos y permisos son lo de menos cuando se trata de cargar la suerte y repartir los amaneceres, aunque la presidencia no opine lo mismo y tenga que ser lo de más. Al final nos liamos con la presidencia y su vocación de voyeur. A lo que ibamos. Desplegó la muleta y se la trajo toreada, en cámara lenta, rompiendo los tiempos y los cánones, lo habido y por haber. Embrocando la cintura, cambios de mano, y milhojas de repertorio fetén y a tutiplen. Así hasta la suerte suprema, no recuerdo si suerte natural o contraria, olvidé contabilizar el repertorio entre tanta mirada y clavada, tampoco si perdía pasos o los ganaba.
Que más da si el pinchazo fue sin soltar o soltando, la estocada en el hoyo de las agujas o media micra desprendida, si hizo falta verduguillo o no.
Una faena para la historia y para contar detalles, otros y bastantes.
No seré yo quien lo haga.
“Angel of the morning” (C. Taylor, 1966) por The Pretenders en su recopilatorio Pirate Radio.

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