San balantains
Coincidieron en un sorteo y apartado, pura coincidencia como en las novelas y las pelis de ficción, nada que ver, parejas en un lote inaudito. Una reina y una princesa. La suerte está echada.
A mi derecha, según se mire (casualidad mal pensados), una reina emérita con poses de porcelana, irrompible como su alma de caucho a juego, prueba de bombas, emociones fuertes, tumbados y demás revolcones.
Lo olvidada: en oferta, precintada y a estrenar. Jamás llamó a una puerta. Bebe chupitos sin alcohol con mucho hielo y refrescos sin burbujas; vida sin al fin y el cabo. Mucho mirado y por mirar, poco o nada que contar. Ensayada sonrisa facsímil con denominación de origen y reciclable hasta el último parpadeo. La reina no tiene quien le ladre y suspira por ello.
A mi izquierda una princesa seminueva garantizada. Cultivada por lunas y calmas tras tempestades. Recauchutada en alma y aspecto. Alérgica a los ladridos, preferentemente al amanecer.
Contaría lo bebido y lo vivido, esperaríamos con impaciencia sus memorias (volúmenes varios) que comenzaron hace muchos años, con un balantains cola cargado, y sucesivamente algunos cuantos más. Tan emocionante, romántico y bonito hasta que su corazón se hizo añicos. El sabor amargo del caramelo que nadie, nadie le explicó. Sin lógica como los deseos de buenos principios de los padres gitanos para sus hijos, (perdón, la etnia, doña menestra del ramo)
Después se le rompería tantas veces, y lo intentó con pegamento imedio, supergen, y demás recomendaciones de comadres teóricas (¡uy pues a mi me fue muy bien!…, le decían)
Un día donde y cuando menos lo esperaba descubrió superglú 3, mezcló los dos tubos y convirtió su corazón en una roca indestructible, sin el sentimiento de culpa de quienes rompen y han sido rotos. Leyó con detalle las instrucciones y no se pilló los dedos.
Años después paladea escocés de muchos años, solo con hielo y sin acento, en vaso ancho y sorbos cortos dejando que las cosquillas busquen las vueltas del paladar y los recuerdos se diluyan en el pasado, con la gentileza de dar el intermitente en cada cruce de piernas.
Gasta sonrisas de marca blanca y dicen que ha dicho que nunca se traicionó a si misma y que su maestro le enseñó a caminar sin mirar atrás ni dar portazos al salir.
Entre tanto el camarero se acercó despacio, se inclinó con parsimonia y con rictus profesional le dijo a la señorita que estaba invitada por el caballero del fondo.
"El Rey" (J.A. Jiménez ) por José Alfredo (sine die)

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